SEXO, DROGAS Y ALTA VELOCIDAD
Cómo mover la movida.
F. Javier Fernández Garrido
es licenciado en medicina.
Ha hecho estudios de
filosofía y psicología.
Trabaja el campo de la psiquiatría
desde hace veinte años
en su consulta privada.
Ha acumulado una
larga experiencia en el
tratamiento de adolescentes.
A mi madre y a mi padre
agradecido por su entrega total
a la profesión de padres.
Introducción
A modo de contacto.
Sin lugar a dudas, en estos últimos años se ha dado una auténtica revolución en los modos de divertirse en todos los estratos sociales, en todos los ambientes y en todas las edades. Especialmente son los jóvenes quienes han sufrido un cambio más radical de hábitos y, en el fondo, de mentalidad.
La capacidad de divertirse, el deseo de pasarlo bien, es connatural al hombre, de manera que siempre ha existido la tendencia a buscar el descanso en actividades o circunstancias que resulten simpáticas, divertidas, relajantes. El hombre es capaz de poner auténtica pasión en aquellas cosas que le divierten. Pueblos tan distantes en el tiempo y en la mentalidad como los precolombinos, los griegos de la época clásica, los norteamericanos actuales o los indios del Amazonas, tienen en común la pasión por el juego, el afán de pasarlo bien. La diferencia esencial con lo que está ocurriendo en la actualidad radica en el tiempo y en el lugar que el divertirse ocupa dentro de la escala de valores de los individuos y de la sociedad.
Cuando divertirse va centralizando la vida, ese mismo convertirse en un fin deteriora la propia estructura de la diversión, acaba con la razón profunda de su existir, hace desaparecer el sentido de esta diversión porque trastoca el sentido de la vida.
Comentaba Antonio Burgos, en un artículo publicado en el periódico ABC, la utilización inadecuada y hasta ridícula de la palabra "divertido-a" en la sociedad española: se ha pasado de decir que una situación es muy divertida, o que fulanito es muy divertido, a calificar de divertidos objetos y cosas a los que este adjetivo no conviene. Así, una camiseta puede ser muy divertida, o un cuarto de baño, o un coche. En una especie de pirueta mental, se adjetiva como divertido aquello que nos gusta, nos complace e incluso aquello que nos conviene. El ser divertido da el valor de las cosas y de las situaciones. Aspirar a encontrarse en un estado de diversión constante y estable puede ser la finalidad de la vida para muchos. Lo lúdico sustituye, poco a poco, a otros motores de la actividad humana. El resultado de nuestro trabajo se desea como tiempo para divertirse. Se llega a aspirar a la diversión como la más alta meta de la existencia.
En la vida de muchos se da la paradoja de encontrarse con una actividad abrumadora, llena de un trabajo abundante e incluso excesivo, que lleva a una vida exigente y esforzada, por el único y último fin de conseguir unos medios materiales que permitan tener objetos que llenen el afán de diversión, de placer y de descanso.
¿Es la diversión - de manera objetiva- sinónimo de alegría, o de felicidad?. Para muchos hombres modernos, estas tres palabras se confunden en lo conceptual. Y no por una elevación del significado de "diversión", sino por un deterioro y caída radical de los conceptos de "alegría" y sobre todo del de "felicidad". Todos estamos de acuerdo en que el hombre tiende a la felicidad. En lo que ya no pensamos todos lo mismo es en definir en que consiste la felicidad del hombre y, desde que el hombre es hombre, en el fondo de muchas de las confrontaciones, de los desacuerdos que han existido, se halla esta realidad.
¿Existe la felicidad objetiva?. En un primer acercamiento a qué puede ser eso de la felicidad, esta pregunta parece esencial. Incluso antes habría que preguntarse si de alguna forma existe lo objetivo, la objetividad, o mejor, si somos capaces de tener un conocimiento real de los objetos, tal cual son, librándolos de interpretaciones subjetivas. Este ha sido el tema del pensamiento de una importante parte de los filósofos de todos los tiempos, que de diversas maneras han terminado por contestar que sí. Existe la objetividad y, en el interior del hombre anida el anhelo de ser feliz de forma totalizante.
Una posible definición de felicidad sería aquella que dice que es el estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien. De aquí que se pueda pensar en una gradación de la felicidad según sea el bien poseído, y dando por sentado que existe una gradación del bien, por lo menos desde un punto de vista puramente humano. Concluiremos que a mayor bien que se tenga, mayor felicidad se disfrutará.
Para terminar de cerrar el círculo tengo que plantearme si hay un bien objetivo o sólo existe lo que yo llamaría "el bien para mí", o bien subjetivo.
Las más íntimas vivencias del ser humano le llevan a la seguridad de que hay un bien, apetecible por no depender de otro tipo de factores que de sí mismo. A ese bien lo podríamos llamar el Bien, con mayúscula, el Bien objetivo, total y absoluto. Conseguir estar en posesión de ese Bien, por su misma esencia, resulta arduo y difícil, pero, por otro lado, daría las mayores cotas de felicidad - una felicidad total y absoluta -, al hombre capaz de poseerlo. A partir de ese Bien, y en gradación, se nos presentan una serie de bienes relativos que serían causa de una felicidad relativa. Cuanto mayor sea el bien de que se trate, mayor debe ser la cota de felicidad a la que uno llegue, y mayor el esfuerzo que comportará el alcanzar ese bien y tener esa felicidad.
Los sucedáneos están a la orden del día. Y, cómo no, también tenemos sucedáneos en relación a la felicidad y quizá el más corriente de ellos sea la diversión. Divertir- del latín "divertere": llevar por varios lados -, engloba todo aquello que es capaz de producir distracción; llena una parte importante de la necesidad de descanso físico y psíquico que tenemos. La diversión nos entretiene, busca recuperar fuerzas para volver, en mejores condiciones, al esfuerzo diario por alcanzar las metas que nos hayamos propuesto en nuestra vida; pero no debe constituirse en meta por sí misma; no puede sustituir la tensión hacia la felicidad que el hombre encuentra en su interior, y que ha de ser motor que nos lleve a poseer lo bueno.
Pensamos, en ocasiones, que estamos viviendo un cambio generacional inentendible para los que en la actualidad tenemos una edad media, sin darnos cuenta que somos nosotros quienes vamos formando los criterios que viven los más jóvenes, a los que, injustamente, culpamos en exclusiva del deterioro de los valores que se está produciendo. No es que ellos estén locos; es que nosotros les estamos dando un tipo de sociedad consumista, que sobrevalora todo lo que signifique placer y que se va haciendo cada vez más y más superficial. En muchos ambientes se pone el hedonismo por encima de ideales que tradicional y realmente son superiores, produciéndose una importante pérdida del sentido de la vida en los mayores y, consecuentemente, en los jóvenes.
Quisiera, en estas páginas, profundizar en las causas y modos en los que se muestra este nuevo fenómeno. Así, intentaré dilucidar qué nuevas maneras de divertirse tienen los jóvenes actuales; los peligros que corren cuando el divertirse resulta ser un factor central en la vida, y qué posibles soluciones se pueden encontrar para mejorar, y hacer mas positivo y creativo el divertirse.
Estamos inmersos en una sociedad consumista que nos limita a todos y que tiene la capacidad de ir cambiando los valores tradicionales en todos los planos: empezando por los gustos, siguiendo con las relaciones sociales, y terminando con las reglas morales y éticas. La necesidad creada de cubrir inmediatamente todos los deseos y gustos es una nueva constante en la vida de la generalidad de las gentes. La prisa en todos los ámbitos de nuestra vida moderna, la huida de todo lo que supone esfuerzo, el aburrimiento que sobreviene en cuanto no hay algo externo que nos distrae, lleva a una progresiva superficialización de las personas, cada día más incapaces de reaccionar con fortaleza e individualidad ante los retos contemporáneos.
Capítulo 1º
La educación integral.
La personalidad es un todo, compuesto por unos factores que podríamos llamar innatos, y otros adquiridos, que vamos incorporando progresivamente a nuestro carácter. Por lo tanto, los factores educativos tienen una importancia fundamental en el desarrollo equilibrado de la persona humana, abocándonos a tener una personalidad madura, integrada, con un buen autocontrol, y bien adaptada al ambiente del propio entorno o, por el contrario, produciendo personas inadaptadas, con una pobre integración de su yo y, en definitiva, con un importante grado de inmadurez. Un entorno traumatizante o castrante de las capacidades del individuo facilitará que se den personalidades inmaduras y frustradas. Las ideologías que estén en el fondo del funcionamiento concreto de una sociedad marcarán el desarrollo armónico o inarmónico de las personas que la forman. El hombre no sólo es educación, como tampoco pura herencia biológica, pero tanto la herencia como la educación tienen una importancia determinante en su desarrollo y madurez.
No hay facetas de la vida del hombre que no colaboren positiva o negativamente en su desarrollo, e igualmente en su educación -en la consecución de la formación completa, armónica, amplia y madura de las personas-. Por lo tanto es lógico que tengamos la necesidad de encauzar la diversión para que influya de una manera constructiva en la formación de niños y adolescentes. Es una faceta más, pero no por ello menos importante: pensemos que en la actualidad es mayor la cantidad de dinero que se emplea en los países occidentales en diversión, entretenimiento y descanso, que en la educación de los jóvenes.
La valoración de lo educativo nos lleva directamente a dos instituciones esenciales en el desarrollo de la persona: la familia y la escuela.
Nunca podemos olvidar que la institución familiar es consustancial al ser humano. Han sido muchas las sociedades y las ideologías que han dudado o se han opuesto, e incluso han luchado en contra de la idea de la familia como primera célula y base de la sociedad, pero siempre termina asentándose el concepto de familia como institución natural en la que el hombre nace, se forma y halla una gran parte del sentido de su vida. Quizá se pueda discutir cuál es el significado del concepto "familia" en tal o cual sociedad, o en esta o aquella cultura, pero siempre se mantendrá lo esencial que hace saber que nos encontramos ante esta institución.
Es dentro del entorno familiar donde recibimos la base educacional que nos servirá durante toda la vida. En gran parte, los modos y maneras de comportamiento que iremos desarrollando durante el transcurrir de nuestra existencia, los adquirimos a través de la educación que nos den en nuestra familia y de las opciones que tome ésta en relación al tipo de educación que desea para sus miembros jóvenes.
Sabemos, por propia experiencia, que el ejemplo es un buen sistema pedagógico, y que por ello, el niño y el joven tiene en el entorno familiar gran parte de los modelos de actuación -de vida-, que le servirán para formarse. Resulta casi imprescindible preguntarse cómo funciona -cuál es la vida interna- "esta familia" cuando nos preguntamos por los problemas de"esta persona". Nada de lo que ocurre dentro de la familia deja de tener importancia. Cada uno de los miembros que la componen, se interrelaciona con los demás, dando lugar a todo un fluir de acciones y reacciones que dejará una marca perenne en cada individuo.
Los criterios básicos y esenciales, morales y éticos, que informan la vida familiar; el esfuerzo que ponen los padres por tener un ambiente de cariño, confianza y exigencia en el hogar; la manera de encararse con los problemas que surgen en el seno de la familia, o en uno de los que la integran; el saber oír a los demás; el demostrar generosidad en mil detalles, tanto materiales como de tiempo; la alegría que empapa todas las relaciones y sucesos familiares; el tener siempre una visión optimista de las cosas; y la paciencia, son instrumentos utilísimos para formar adecuadamente a los jóvenes. En definitiva, es el orden y equilibrio de los valores que se tienen y viven dentro de la familia, lo que forjará personas ordenadas y equilibradas interiormente, sin frustraciones y carencias que las marquen negativamente por vida. Resulta, pues, esencial tener mentalidad constructiva, saber juzgar con equilibrio, mantener siempre un exquisito respeto a los otros, y mejorar en cantidad y calidad las relaciones con los demás miembros.
Es ese ambiente familiar el que tiene que tamizar las formas y modos de descansar, de divertirse. Dentro del equilibrio familiar se educará a los niños y jóvenes en la diversión, alentándolos en determinadas direcciones, subrayando unas capacidades, proponiendo iniciativas saludables y positivas; al mismo tiempo que se frenan aquellas maneras de diversión negativas y deformantes. A este aspecto de la formación deben, los padres, dedicar una generosa parte de su tiempo, de esfuerzo -también mental-, y de ocupación. Asunto importante es, por supuesto, que los chicos adquieran una buena preparación profesional -que estudien y lo hagan bien-; también es necesario que estén sanos y fuertes, pero no lo es menos que descansen de una manera constructiva, que sepan ser divertidos, amables, optimistas, simpáticos y atractivos, nunca aburridos, y por lo tanto,no necesitados de que se les entretenga.
La familia no debe ni puede hacer dejación del derecho que tiene a escoger la educación que se quiere dar a sus miembros jóvenes, escudándose en que es más fácil que sean otras instancias e instituciones las que decidan en estos temas; o dejándose arrastrar por la presión ideológica de ciertos grupos sociales, políticos, etc, que desean alzarse con la exclusiva en el campo educativo, arrogándose unos derechos que ni les corresponden, ni deben tener. Esto es tanto como decir que son los padres los que tienen el derecho y el deber de decidir y escoger el tipo de educación y la escuela que quieren para sus hijos.
Primordialmente, la educación y formación de los hijos es algo que compete a los padres, y sólo de manera subsidiaria a las instancias públicas. Por lo tanto, tienen los padres el derecho, que se corresponde con el deber, de formar y educar a sus hijos en la escuela y con los criterios que ellos vean más convenientes. Y sólo en el caso de que los padres no puedan subvenir a todas las cargas que este deber conlleva, el estado, por su función supletoria, podrá y deberá completar las carencias, siempre manteniendo un total respeto a los criterios educativos de los padres y del centro escolar de que se trate. No es el estado quien tiene los derechos en este campo, y por lo tanto no se puede admitir el dirigismo ideológico rayano en el dogmatismo feroz que se está, progresivamente, infiltrando en la sociedad de hoy. Ni los gobiernos, ni los partidos políticos, tienen facultades para meterse y manipular el ámbito de la conciencia de los ciudadanos, ni el tipo de educación humana y moral que quieren dar y dan a sus hijos. Cuando ocurren estas intromisiones que limitan la libertad de los hombres, hay que protestar con la suficiente fuerza para que se impidan y aborten tales maniobras de pseudo-intelectual neo-nazi.
Es mucha la responsabilidad de los padres y familiares de los niños y adolescentes en este campo, en el cual, de algún modo, todos somos actores; y en el que nos jugamos mucho: nada más, y nada menos, que la sociedad en que vivimos y la sociedad en la que vivirán.
La escuela es, por lo tanto, otro capítulo fundamental en el proceso de formación de los niños y jóvenes y, por eso, campo de batalla para aquellos que desean dominar ideológicamente a la sociedad. Sobradas pruebas hay de cómo el sectarismo ideológico da unos frutos desastrosos en la formación de las personas. Quien tiene la escuela, tiene la llave para formar personas libres y responsables, o bien el instrumento para hacer "ciudadanos" manipulados y acríticos, que actuarán como masa y no como individualidades "pensantes".
Hay que cuidar la escuela, formando buenos profesores y haciéndola atractiva. La escuela tiene que abrir horizontes intelectuales y humanos a los que a ella asisten, para que vivan en un ambiente de libertad responsable, con una atención individualizada; formando, y no sólo informando; dando criterios esenciales y básicos, y no ideologizando con las teorías propias, o de clase, o de partido.
Leía, hace ya tiempo, no me acuerdo donde, que cada sociedad tiene la escuela que se merece; y me pareció algo indiscutible. Ahora pienso que es la escuela la que termina dando un tipo de sociedad concreta, marcando una impronta casi determinante en los modos y valores que esa sociedad va a tener y que sus individuos van a vivir.
Desde hace poco tiempo se está presionando a los padres -y a la sociedad-, para que el criterio de cercanía del domicilio al colegio sea el que imponga a que centro escolar deben ir los chicos. Nada más erróneo y nefasto ya que, o tendremos colegios eclécticos y anodinos -asépticos-, o las personas en formación tendrán la suerte o la desgracia de vivir cerca de "ese colegio".
Se les niega a los padres la posibilidad de decidir qué colegio, y por ello qué enseñanza quieren para sus hijos, de los que dispone el Estado, o un determinado gobierno, como de propiedad particular, con la cual se decide como más convenga a los intereses del momento. En el fondo de esta situación hay una idea cosificante de la persona, que pierde su valor individual para convertirse en pieza del rompecabezas social, que hay que manejar -encajar- de forma que cumpla la función que se le impone desde la altura de una auténtica oligocracia ideológica.
Se intenta igualar la educación sin ver que los desiguales somos los hombres, cada uno, gracias a Dios, inigualable, irrepetible, con un valor propio: su propia dignidad. Una cosa es luchar por abrir cauces que faciliten a todos el poder alcanzar la educación y formación que deseen -lo que es muy bueno-, y otra muy distinta es programar a las personas con una carga idéntica y alienante.
Los padres, y en correspondencia la escuela, han de formar no sólo en la ciencia a los niños y jóvenes, sino que deben llegar a una formación total, en todos los aspectos. La ciencia, la moral, la ética, la cultura, la urbanidad, lo lúdico, son parte de las facetas que se imbrican en la formación de cualquier persona, y ninguna de ellas se puede dejar descuidada, so pena de formar personas descentradas e incompletas.
Los formadores -padres y profesores- tienen, desde los primeros juegos infantiles, hasta en los modos de diversión de los adolescentes, la obligación de educar, alentar positivamente y prevenir las distorsiones que se pueden dar y que en la actualidad de hecho se dan en muchos casos.
Ampliar el campo de aquellas cosas que nos divierten, nos relajan y descansan, es también función de la educación y, por consiguiente, de las instituciones de enseñanza. Pero dando un vistazo por la realidad actual descubrimos que salvo ciertas prácticas deportivas -en muchas ocasiones consideradas como secundarias-, algún pequeño escarceo con visitas de arte, y los no siempre educativos viajes de estudio, muy poco, o nada se hace en este campo, que queda al arbitrio de otros motores sociales, muy marcados por el consumismo, el mercantilismo y el economicismo arrasador.
Entender lo que he dicho en los párrafos anteriores, y poner los remedios oportunos, dará como resultado una escuela equilibrada, donde se eduque integralmente a los alumnos, con una atención verdaderamente personalizada, y en donde los criterios escolares y pedagógicos no sólo estén abiertos a la adecuada formación individual de cada alumno, sino que también se encuentren de acuerdo con los criterios que los padres tengan sobre la educación de sus hijos.
Hay que conseguir la máxima igualdad, que en este campo es dar a todos la posibilidad de poder ir al centro educativo que quieran. A mayor regulación y normativas, menor libertad. Cuanto más sea el dirigismo, mayor será el perfil plano de la sociedad, que estará compuesta de adultos incapaces de decidir por ellos mismos, y necesitados de por vida de la acción tutora del Estado.
Entiendo que las instituciones de enseñanza deben promover la desigualdad entre sus alumnos. Esto, que dicho así suena a herejía pedagógica, se entiende cuando constatamos que la educación personalizada tiene que alentar las capacidades individuales de cada uno, dirigiendo la enseñanza en determinadas direcciones, pero no forzando la realidad con baremos igualitaristas. El chico o la chica con determinadas aptitudes exige que se las aliente, sabiendo sacar de ellos lo mejor que tengan; poniéndolos en las mejores condiciones para tener una vida llena y completa. Cada uno de nosotros tiene unas posibilidades, unas capacidades y, al mismo tiempo, determinadas carencias. Una educación consecuente debe conseguir el máximo rendimiento y mejora de las capacidades que poseemos, intentar consolidar aquellas virtudes que sólo tenemos de manera rudimentaria y no empeñarse, ya que es un trabajo imposible, en sacar fruto de aptitudes de las que carecemos totalmente. Es la tarea de formar a personas únicas y absolutamente diferenciadas de los demás la que, ciertamente, merece la pena.
Capítulo 2º
¿Cómo son los jóvenes?
Trabajar en una consulta como la mía da como resultado una constante entrada de datos, que en muchas ocasiones pueden parecer contradictorios. En la interpretación de los hechos más cotidianos se puede captar ciertas contradicciones. ¿ A quién no le resulta conocida la manera de interpretar un hecho positivo?: "he arreglado esta cerradura"; "encontré lo que me has pedido". Y por contra, ¿no es frecuente que sea otro tipo de frases las que se utilizan cuando lo que hay que decir es algo negativo?: "se rompió este cacharro", o "se han perdido las llaves". En muchos momentos tengo la impresión de estar asistiendo a un concurso de este tipo de frases distorsionantes al hablar con los padres de un adolescente con problemas -¿ y qué adolescente no los tiene ?-. Da la sensación de que por un momento hablan de un adulto que tiene el deber de conocer perfectamente sus responsabilidades, para referirse en el instante siguiente a un nene incapaz de saber donde tiene su mano derecha.
Igualmente me ocurre, en muchas ocasiones, con los jóvenes a los que trato: dan la sensación de ser una suma de "colmillo" y de candidez; de vejez prematura, junto a la niñez más inocente. Pareciera que se encuentre uno ante un conjunto de rasgos contrapuestos, sin armonía entre ellos. Y hay que entenderlos, meterse en su piel, para ver el mundo como lo ven; para verlos como se ven. Me he encontrado chicos y chicas muy difíciles, pero a ninguno que no responda adecuadamente cuando se le trata con cariño e interés. Ir con ideas preconcebidas, decidir "a priori" lo que le ocurre, no saber escuchar, son las mejores maneras de hacer realidad lo de la diferencia generacional. Hay que entender que los adolescentes son ya algo en sí mismos: adolescentes. Y no un estado "transeúnte", o simplemente de cambio, sino que tienen que saber vivir su hoy de adolescentes para poder vivir adecuadamente su mañana de adultos.
La adolescencia, como cualquier otra etapa de la vida, tiene sus propios rasgos. Algunos de ellos los comentaré en los párrafos siguientes:
1) Egocentrismo: Los adolescentes acaban de descubrir su mismidad y están en la etapa de formarse como un ser aparte, autónomo y capaz de tener sus propios criterios; para ello hipertrofian todo lo que consideran como suyo, y se contraponen a las figuras dominantes que les rodean, ya sean los padres, profesores u otro tipo de autoridad; como manera de autoafirmación. Notan que están cambiando sus relaciones con el entorno que les rodea; la sociedad les empieza a pedir contraprestaciones distintas y mayores a las de la niñez. Se les exigen cotas de responsabilidad nunca anteriormente pedidas, así como que tomen decisiones para las que muchas veces no están preparados. Pero también captan que se encuentran en una situación bifronte: hay, en este período, momentos en los que se les trata y exige como adultos responsables, y otros en los que se sienten considerados "niños irresponsables". Una ambigüedad que choca directamente con la necesidad que sienten de ser ellos mismos, de tener sus propios valores y de ser valorados por los demás. Necesitan hacerse ver, ser oídos y tomados en serio. Tienen algo que decir y quieren que les dejemos decirlo.
Es el momento de interesarles por lo que les rodea, abriéndoles los ojos a los demás, no sólo como acompañantes -viajeros en el mismo tren-, sino como personas individuales que interrelacionan con cada uno. No ser isla, sino comarca con límites que individúan -yo soy yo mismo-, al tiempo que unen a las de al lado, en un constante intercambio -yo no soy solo-, y contacto.
2) Inmadurez: Aunque ocasionalmente den la sensación de tener una seguridad insultante, el adolescente -en el fondo muy inseguro y ciertamente dependiente- está en pleno período de formación, lo que le hace lábil a multitud de influencias externas. Se encuentra necesitado del apoyo de los adultos, pero rechaza notar que se le manipula. No quieren ser "manejados" por nadie, pero acepta el consejo cuando se le da en un plano de igualdad. Es capaz de entender sus limitaciones, siempre y cuando no se le impongan los criterios porque sí. La autoridad debe ejercerse con ellos de una manera adecuada, de forma que encuentren en los adultos el respaldo que les produzca seguridad; así como la comprensión y la capacidad de razonamiento que les enseñe a actuar con libertad y responsabilidad propias.
Hay que enseñarles, con el ejemplo, a pararse y mirar el propio interior, a sopesar las sensaciones, tendencias, ideas, afanes y hechos que están y ocurren dentro de cada uno, sacando las consecuencias y respuestas personales de todo ello. Será preciso cultivar la personalidad de cada joven, teniendo antes un profundo conocimiento de cómo es, determinando los modos de tratarlo de forma personalizada. Sabemos que no hay dos personas iguales, y por lo tanto, a personas desiguales, formas de trato desiguales.
3) Sensualidad: Tras la pubertad, los jóvenes despiertan a la vida instintiva, en ocasiones de manera arrasadora; encontrándose, además, rodeados de presiones manipuladoras y brutales en este campo. No siempre tiene unos criterios formados desde la niñez, que le ayuden a sopesar adecuadamente el valor de la sexualidad, del enamorarse, de la generosidad, de la entrega, del matrimonio como vocación, y de la familia; y desgraciadamente, en muchos casos hay una "deseducación sexual" dada en los colegios, una "desinformación sexual" adquirida con y a través de los amigos, y unas experiencias -a veces traumatizantes- no prevenidas por los que son los principales responsables de dar la formación en estos temas: los padres.
En el campo de la sensualidad, y específicamente en el de la sexualidad de los hijos, a veces se encuentra uno padres que hacen bueno el tonto refrán de "ojos que no ven, corazón que no siente", versión hispánica del avestruz que esconde la cabeza en un agujero. ¡Pues hay que estar al loro!. No conformarse con la idea deletérea de que todo marcha bien -¡qué majo es mi hijo!-, sino poner medios específicos, con comprensión, sinceridad y cariño, para que de verdad las cosas marchen bien. Resulta imprescindible dar la información adecuada a los hijos, buscando los momentos adecuados desde la niñez. Dedicar tiempo a esta tarea y responder a sus preguntas con naturalidad. Y para este menester es esencial conocerlos profundamente, que tengan una gran confianza en los padres, no asustarse ante nada, saber entrar rectamente en cualquier tema -destruyendo tabús y huyendo de circunloquios inútiles- de forma que se facilite la sinceridad y no tiendan a planteamientos superficiales.
4) Agresividad: La propia fortaleza física, junto a la necesidad que manifiestan de conseguir lo que desean y de hacer valer lo que piensan, es motivo de aparición de conductas agresivas en los jóvenes. Por otra parte, la sociedad actual valora la agresividad de manera positiva: Así, se habla de un ejecutivo agresivo, de una campaña de publicidad agresiva, o de una argumentación agresiva, como de valores ciertos y deseables.
5) Idealismo: Están estrenando la autonomía del pensamiento, pero les falta la experiencia de los adultos -en ocasiones negativa-, por lo que fácilmente abrazan ideas y empresas utópicas e irreales. Junto a una gran capacidad de empuje constructivo, con magnanimidad, hay también la posibilidad de desilusionarse ante los fracasos y tomar una actitud interna y ocasionalmente externa, muy destructiva, o con una gran dosis de nihilismo.
Época de las grandes ideas vividas como esenciales; con la disposición generosa de dar, en ocasiones, la vida por ideales que merecen la pena, con magnanimidad: así es el período de la juventud. Y qué responsabilidad la de los adultos, que tienen la obligación de alentar esos ideales, de tomar estos deseos y abrirles campo para que se desarrollen en la dirección correcta. Abrir horizontes a las nuevas generaciones, esa sí que es una tarea hermosa. Y cuántas veces se encuentran los jóvenes con los diques que les ponemos los adultos, formados por nuestro ir ya de vuelta, por la miopía de la desilusión, por la experiencia del fracaso, por el conocimiento de nuestra mediocridad. Tenemos que apartar de nuestra vida esa sonrisa de conmiseración que se puede dar ante las aspiraciones y los ideales de los más jóvenes. ¡Que alcancen lo que nosotros no fuimos capaces de alcanzar!. ¡Que empiecen donde nosotros terminamos!. Montarlos sobre nuestros hombros para que lleguen más alto, más fuerte, más rápido, como bien dice el emblema de los Juegos Olímpicos.
6) Inmediatez: Este rasgo, que de alguna manera podría calificar a la sociedad actual, está bizarramente marcado en el período de la adolescencia. Las cosas se quieren ya, sin plazos, sin esperas, con una urgencia cuya frustración produce angustia e irritabilidad. Se queman los objetos de deseo según se van consiguiendo, para reemplazarlos por otros que se desean ya, ahora,sin esperas.
7) Aprendizaje: Al ir aumentando su autonomía, van adquiriendo nuevos mecanismos de relación con su entorno. Se les abre la vida social, junto a la amistad; aguantan la presión por conseguir una formación profesional adecuada, que en ocasiones puede ser sentida por ellos como secundaria en esos momentos; se descubre lo sexual, en muchos casos de manera urente; se siente la necesidad de ser distinto y a la vez igual a sus iguales.
La formación que reciban en este tiempo dejará grabados, de manera indeleble, los criterios por los que manejará toda su vida. Formar es dar la forma; de ello se deduce la importantísima responsabilidad de formarlos bien, y en todos los campos que componen el desarrollo del hombre y no sólo -aunque sea muy importante- en el plano científico, o en el plano de los conocimientos intelectuales. El hombre es una unidad plural, esto es: el conjunto de muchos factores que forman un único. Del equilibrio que mantengan las diversas partes se seguirá el propio equilibrio de la persona y, al contrario, tendremos una persona desequilibrada cuando primen y se hipertrofien unas partes en detrimento de otras. Un ejemplo de esto que estamos hablando lo tenemos en el binomio clásico de la libertad y la responsabilidad: En muchas ocasiones se tiende a contraponer estos dos factores, no entendiendo que son capacidades complementarias -no hay libertad sin responsabilidad, como no hay responsabilidad en aquello en lo que no somos libres-. Enseñar, primeramente con el propio ejemplo, a ser libres y responsables; a "pechar" con la responsabilidad de la libertad; a no ver nuestras acciones desconectadas del mundo que nos rodea, de los demás hombres y de Dios; es función primaria de los padres y secundariamente de todos, y no podemos huir de esta responsabilidad. Hay que arriesgarse a que lo hagan mal.
8) Sinceridad: Si la sabiduría es de alguna forma conocimiento de la verdad, se podría decir que en la juventud hay un germen de sabiduría, ya que una de las características del ser joven es la de ser sincero, el querer ir con la verdad por delante. En alguna ocasión, esta sinceridad puede resultar molesta, por lo ruda, pero hay que valorarla como muy positiva. Es más tarde, cuando llegan los fracasos y podemos perder las alas para volar alto, cuando aparece el disimulo, el conformarnos con no ser nosotros mismos, el aceptar a la sociedad, sin lucha superadora, con sus defectos y lacras.
Valorar esta virtud en la actualidad no es fácil. ¿Qué les estamos dando a los miembros jóvenes de la sociedad?: En el campo de la política, la mentira es la regla. Se cambian las palabras, se distorsionan los hechos, al servicio de los propios fines partidistas; se presiona la intimidad; se actúa cara a la galería; se falsea la realidad si así conviene a los designios de los que tendrían que ser ejemplares. En el ámbito familiar pueden aparecer disimulos por "el que dirán", o pequeñas falsedades que nos consiguen comodidad -¡cuidado con las mentiras que "fuerza" el teléfono!-; el apartarnos de compromisos con argumentos que son a todas luces falsos. En la vida de cada uno de nosotros, con la disparidad que puede haber entre lo que decimos y defendemos y lo que hacemos en la realidad.
Convenzámonos: Los jóvenes pueden ser inexpertos, pero no son tontos. Ven, y juzgan lo que ven. Y aprenden. No deberíamos enseñarles a escudarse en la mentira y la falsedad como instrumento para conseguir algún tipo de fin, aunque este fin parezca bueno o sea apetecible.
Capítulo 3º
El entorno social
Ahora nos tenemos que plantear en qué entorno se encuentran los adolescentes de hoy, qué tipo de medio les rodea:
Vemos que es en el campo de los valores en donde se está dando un proceso que me atrevo a calificar de involutivo: donde anteriores generaciones tenían seguridad, actualmente hay sólo un poner en entredicho lo objetivo. Así, se discute la autoridad a todos los niveles, también la familiar, y no sólo en el mismo ámbito de la familia, sino desde las llamadas instancias públicas; sin tener en cuenta que la familia, por no ser de ningún modo una institución democrática, tiene una autoridad preestablecida, la de los padres, que es esencial a su propia existencia; autoridad que, rectamente ejercida, fundamenta, hace efectiva y creadora a la propia institución. No es de extrañar, por lo tanto que, ahora más que nunca, se dé una crítica abierta, cuando no una oposición frontal, de los hijos a la autoridad paterna.
Hablamos de que se cuestiona lo objetivo: hay, en efecto, una hipertrofia del subjetivismo, que centra el mundo en el propio "ego". Las cosas ya no son "como son", sino que son "como a mi me parece". Lo bueno es sustituido y relativizado por "lo bueno para mí". Se distorsiona lo que uno es para sustituirlo por lo que quiero que los demás vean en mí. Se pone la moda como criterio último de actuación y regla de funcionamiento, dándole un peso esencial en la vida de las personas, que de ningún modo debería tener.
Si sopesamos todo lo anteriormente expuesto, nadie se puede quedar tranquilo pensando que él no va a contaminarse con estas ideas y modos de vivir: están en el ambiente, en todas partes, y hay que saberlo para poder detectar los pequeños síntomas que aparecen en la propia vida personal, o en el entorno familiar y social. Es necesario ser muy cauto en estos asuntos, ya que si los adultos tienen, por la propia cristalización de la personalidad, unas mayores defensas, no es así en los jóvenes, que se encuentran casi inermes ante la brutal presión de estos factores.
El mundo que nos rodea no es neutro, sino que por el contrario tiene una tremenda carga ideológica, que presiona a todos. El sobrevalorar unos factores en detrimento de otros, la sustitución de ideas y de fines nobles por lo más tangible, se da, hoy, constantemente. Se está dando un cambio en la pirámide-estructura de la personalidad: Las sensaciones y la sensibilidad, que están en la base, se ponen en la cúspide, ocupando el lugar del raciocinio y de la voluntad, inclinándonos a vivir guiados por lo que sentimos y no por lo que debemos. Huimos de la obligación y soñamos con hacer sólo lo que nos dé la gana, lo que nos apetezca. Y, peor aún, inoculamos estas ideas en los niños y adolescentes, disminuyendo su capacidad de lucha y de esfuerzo, su valoración del deber.
A todo esto hay que oponerse descaradamente, hacer resistencia a estar finalizados en el bienestar, luchar a brazo partido por valores que, si se pierden, harían del hombre un ser menos "humano". Por lo tanto, resistencia y ataque; esforzarnos y hacer que se esfuercen. Valorar y alentar todo lo bueno que hay en cualquier aspecto del vivir. Construir unas diversiones a la medida del hombre, con un marcado carácter humanizador, que nos ayuden a "salir de nosotros mismos" para conectar con los demás, rompiendo con el egocentrismo y abriéndonos los ojos a los "otros".
Capítulo 4º
¡A divertirse!
Paso ahora a dar un somero repaso a algunos modos de vivir que se encuentran en un primer plano en el campo de la diversión actual y, especialmente, en el mundo juvenil:
A) La moda y la comodidad: Decíamos que la moda se está convirtiendo en un factor determinante del modo de vivir, dando las reglas, en cierta manera últimas, de la actuación de muchas personas. Bastantes jóvenes actuales han desarrollado una importante dependencia de los criterios de la moda: éstos les señalan cómo han de vestir, qué tienen que comer o beber, cómo han de divertirse, a quién tienen que admirar e, incluso, qué es lo que han de creer.
En mi consulta médica me encuentro frecuentemente con chicos y chicas vestidos a la "última", que ante la pregunta de por qué lo hacen así, invariablemente contestan que "porque es más cómodo". Y no: es porque es la moda.
Hay en muchos adolescentes un auténtico culto a la comodidad, productora de niños blanditos y de jóvenes "yogur", adoradores de los burger, las pizzas y los sofás. Pero detrás de esos jóvenes hay unos padres que en ocasiones están sobrevalorando la comodidad y el descanso como algo muy positivo y, quizá, tintando de negativo el trabajo y el esfuerzo. Y los padres deben preguntarse qué imagen de ellos y qué modelo de vida están dando a sus hijos.
Me comentaba un amigo que estaba muy preocupado por la debilidad de carácter de su hijo mayor, un chico de quince años, incapaz de mantener un esfuerzo con algo de perseverancia, todo el día tirado sobre el primer sofá o sillón que encuentra, siempre cansado, teleadicto y con un humor constantemente irritado. Pero mi propio amigo valora negativamente su trabajo, procurando disminuir sus obligaciones y quejándose con frecuencia del esfuerzo que hace. ¡La comodidad está de moda!.
La ropa se valora por la etiqueta, hasta el punto de dejarlas visibles. La calidad sólo se encuentra en determinados productos que sustentan marcas concretas, que en el momento son las que están de moda. Se llega a valorar a la persona por la etiqueta del pantalón o del zapato deportivo que usa.
Se le da una tremenda importancia a quedar bien, a no ser menos, muchas veces empujados por lo que se vive en el ambiente familiar. Cuántos comentarios críticos hacia otras personas, son determinantes de una valoración equivocada en los más jóvenes que los oyen. En muchas ocasiones frases del tipo de "no tengo nada que ponerme", en las madres, pueden empujar a los hijos a no entender la realidad de que no hay que tener de todo, ni tampoco lo mejor. Conversaciones que tienen un regusto de "envidia" a lo que tiene o posee fulanito o menganita, se fijarán como axiomas de apetencias en los más jóvenes que las escuchen, determinando su manera de entender la vida.
"Todos mis amigos lo tienen", se ha convertido en el argumento final para conseguir cualquier objeto. "Lo hacen todos", es algo que se oye tanto en los jóvenes como en sus padres, para justificar una manera de actuación, un tipo de horario, de comportamiento. Se crean necesidades a través de los medios de comunicación, que intentan convencernos de que la vida no tiene sentido si no es usando determinado producto, si no poseemos cierto objeto concreto.
B) El tráfico de la sensualidad: Difícilmente pasearemos la vista por el campo de las diversiones, sin encontrarnos con una descarada manipulación de lo sensual. El cine, la televisión, la prensa, los libros, y especialmente la publicidad, utilizan la sensualidad, si no la sexualidad más violenta, como manera de atraer a las gentes.
Me llamó la atención, haciendo un viaje por tierras del Santo Reino, un cartel anunciando ciertos pantalones vaqueros: el cuerpo joven de una chica, el botón de la cintura de los vaqueros abierto y la frase sugerente "no ceden si tú no cedes". En otra ocasión es la foto de una bebida refrescante y la siguiente leyenda: "corre para darte sed". Beber, aunque para ello tengamos que producirnos la sed, sin otra finalidad -hacer deporte, mejorar nuestra salud, conseguir algo positivo- que beber.
Seguramente es la televisión y sus diversas aplicaciones, el tipo de diversión al que se le dedica más tiempo al cabo de la semana. Y hay que plantearse qué se ve en casa, qué vídeos se alquilan, cómo se controla el uso de estos medios. No es verdad que se puede ver todo. Lo que entra en el campo de la intimidad, y no nos gustaría que pasara a la curiosidad pública, no es de cajón que porque venga a través de la televisión sea bueno verlo. Tienen los padres la obligación de controlar lo que les llega a sus hijos y hacerles ver, con el ejemplo, que no todo está permitido, que no todo es bueno, que no todo es inofensivo,que hay unas reglas morales que obligan de manera igual a todos, que la edad no justifica actuaciones que no son correctas nunca.
Hay una pregunta que hago en muchas ocasiones a los padres que, aterrorizados, me cuentan que han encontrado unas revistas pornográficas a sus hijos: ¿Qué revistas se compran en casa?. Y no es raro que entren en aquel hogar publicaciones con un alto contenido erótico, bajo el argumento de que tienen unos interesantes artículos de fondo: no seamos memos, lo más fácil es que terminemos quedándonos en la superficie, en lo epidérmico, y de ahí a lo otro sólo hay un paso.
C) La movida: El término puesto en circulación por el viejo y, en mi opinión, no del todo sensato profesor, ha tomado carta de naturaleza para definir todo un ambiente de diversión, esencialmente nocturno, en viernes y sábados, y con unos componentes constantes: discoteca, pub, alcohol, tabaco, sexo, ruido y drogas. Y un primer problema: los horarios. No se entiende la movida si no es con nocturnidad absoluta. Y los chicos, desde edades muy tempranas, reivindican su derecho a estar fuera de casa hasta muy altas horas de la noche. Muchos padres tranquilizan su conciencia y terminan cediendo ante el argumento de que lo hacen todos: "Todos sus amigos llegan a su casa a esa hora, y por otra parte, son buenos chicos". No se dan cuenta que los buenos chicos también tienen horas malas que hay que saber prevenir, y eso si parece que es obligación de los padres.
Tengo también una pregunta preparada para los padres: ¿Qué horarios hacen ellos durante los fines de semana?. Porque es relativamente frecuente que, como la semana está llena de trabajo y es necesario descansar, se llene el fin de semana de relaciones sociales, de acostarse tarde y levantarse más tarde aún, de diversión, de comodidad y de relajo. Con mucha dificultad se conseguirá que los hijos salgan de la cama a una hora prudente, si los padres, que se acostaron a las tantas, se plantean las mañanas del sábado y del domingo como tiempo para recuperar sueño. Y cómo hacerles entender que no es esencial para pasarlo bien el hacer una vida noctámbula, si no les damos ejemplo.
En el tiempo en que vivimos, adorador del respeto a la propia individualidad y, en teoría, potenciador de la personalidad distinta de cada uno, se da el fenómeno paradójico de la aparición de un gregarismo inimaginable en anteriores períodos. Los jóvenes, que desean, por un lado, distinguirse de los demás, por otro se ven abocados a una mimetización que les iguala a sus iguales, como manera de erradicar la inseguridad que sufren, tan propia de los tiempos de tránsito y cambio. Se da, en estos momentos, una especie de esquizofrenia entre el ser libres y el gregarismo, entre la propia mismidad y el diluirse en el grupo. Y en consecuencia, se manipula a todo un estrato social, con fines económicos y, secundariamente, con un fondo ideológico. Se potencia la llamada cultura del placer, hasta anular cualquier otra motivación de nuestros actos. Y aparecen estos movimientos sociales de masas, casi de histeria colectiva, que reúne a "manadas" de jóvenes alrededor de una serie de negocios del placer, cuya finalidad última no es otra que la económica.
Los amigos: Son un factor determinante en la vida de todas las personas, pero es especialmente en la época de la adolescencia cuando las amistades producen una impronta más duradera. A nadie se le puede imponer el tipo de amistades que debe tener; pero, al mismo tiempo, resulta esencial saber de qué personas se rodea un hijo o una hija, para poder influir con delicadeza y cariño, potenciando las amistades más positivas. Los amigos de los hijos deben entrar en casa, y no es buena política ponerles pegas. No hay duda que esto dará más trabajo a los padres -especialmente a la madre-, pero es de recompensa segura.
La discoteca: Negocio pensado y potenciado mirando al consumidor joven; ambiente cerrado para el adulto en el que el adolescente campa por sus respetos y en el que no se siente controlado, se ha convertido en la bandera de esa libertad que no encuentran en el seno de la familia, ni de las aulas. Ahí pueden ser ellos mismos. En ellas encuentran todo lo que les apasiona: música de su momento, amistad, relaciones informales con jóvenes del otro sexo, expresión no coaccionada por los condicionantes sociales de los adultos, lugar teórico para reafirmarse como distinto, bunker que les aísla del mundo de los adultos, para el que son muy críticos.
Los jóvenes beben, y beben como cosacos durante el tiempo que dedican a la movida. Sería de una candidez rayana en la estulticia no ser conscientes de este fenómeno. Para pasarlo bien y vencer la timidez, hay que coger "el punto", que es un alto punto en la escala de alcoholemia. Después, para ir a casa y disimular los estragos del alcohol, nada mejor que tomar altas dosis de café -en otros ambientes, quizá de personas de mayor edad, una raya de coca es la solución adecuada-. Y beben en las discotecas y pubs.
Se consumen drogas -por no hablar del tabaquismo- en muchos casos. En la movida, alrededor de las discotecas y en muchas ocasiones dentro de ellas, se inician los adolescentes en el consumo de estupefacientes. El tráfico de drogas tiene su mercado en esos lugares y en esos momentos. También en esos locales por los que van chicos muy buenos, de "buena familia". El mimetismo, el no resultar raros en el ambiente, el que "lo hacen todos", el deseo de nuevas sensaciones, el coger el "punto", predisponen a caer en esta celada, de muy difícil solución y de aterradoras consecuencias. La puerta: el porro. Se ha minimizado la importancia que tiene, para la salud, el consumo de las mal llamadas drogas blandas. Una estúpida política permisivista ha llevado a introducir modos de vida deteriorantes de la salud, tanto física como psíquica, y los más afectados han sido los adolescentes. El consumo de drogas es, en la actualidad, legal en España; solamente está penado -perseguido por la ley- el tráfico de estupefacientes y desde luego de una manera poco efectiva, ya que no impide el fácil contacto de los jóvenes y menos jóvenes con las sustancias tóxicas. Se empieza, a edades muy tempranas, con el consumo social de drogas derivadas del cánnabis, para continuar de manera escalonada con los derivados opiáceos y otros tóxicos, de forma que al final nos encontramos con drogodependientes de muy dificultosa rehabilitación.
D) La diversión solitaria: El consumismo voraz que nos asalta constantemente ha facilitado una potenciación de los medios de diversión solitaria. Del mismo modo que la "movida" no mejora la capacidad de relación personal, libre y enriquecedora, entre los individuos, sino que, en cierta forma, potencia la soledad masificada, el consumismo ha llenado la vida de las personas de un disfrute solitario, que potencia el egoísmo.
Hay familias en las que no bastan los elementos electrodomésticos normales y para todos, sino que empiezan a hacerse imprescindibles "necesidades" del tipo del televisor del cuarto de los chicos, la minicadena musical, los auriculares y, como no, el ordenador -que se compra como útil de estudio y termina siendo un método de juegos bastante caro-. Tengo entre las familias de mis pacientes todo un arco iris de posibilidades a este respecto: Desde los padres que compraron un televisor para el cuarto de los niños cuando el mayor de ellos tenía cuatro años -"es para que pueda ver tranquilamente los dibujos animados"-, hasta el chaval que colecciona ya tres ordenadores distintos.
Nada más triste que entrar en uno de esos establecimientos de juego en los que hay personas jugando solas con una máquina. No creo que se pueda dar una soledad más acusada. En cierta manera, potenciar la diversión que rompe con el contacto con los demás, abre las puertas a modos de divertirse que exacerban el egocentrismo y pone cortapisas a un mejoramiento de las relaciones sociales equilibradas y fructíferas.
E) Los viajes de estudio: Son, sin lugar a dudas, una de las maneras más positivas que hay para conseguir nuevos conocimientos, ampliar las relaciones personales, asentar criterios de universalidad en la cultura y, por supuesto, de pasarlo estupendamente. Pero si no están bien programados o son esos viajes de fin de curso o de ecuador, en los que lo único que cuenta es divertirse sin la sujeción de los padres, con mucha facilidad terminarán siendo un desmadre. Hacer lo que se quiera, cuando se quiera y como se quiera. Por lo tanto, es muy buena política no dar por sentado que hay que ir a todos los montajes que se organicen, y que es preferible estudiar a fondo la necesidad y el provecho que se puede conseguir de estos medios. Tampoco justifica participar en un viaje que éste no nos cueste económicamente nada. Por el contrario, insisto, debe ser el peso de lo que nos aporte, lo que determine la conveniencia o no de hacerlo.Hacer ver a los hijos que estos criterios no son, en absoluto, coercitivos, sino que, por el contrario, ayudan a sacar mayor fruto a la vida y a la libertad, con señorío, es una labor difícil pero necesaria y que a la larga da grandes alegrías a los chicos y a sus familias.
F) El dinero: Hace ya muchos años, tuve la ocasión de escuchar de labios del Beato José María Escrivá de Balaguer un consejo que daba a los padres con respecto a sus hijos: Que estos estuvieran cortos de dinero. Actualmente este consejo tiene mayor validez que nunca.
Debemos conocer la tremenda capacidad de gasto que tienen los jóvenes, incluso desde edades muy tempranas, así como el ambiente social cargado de hedonismo, consumismo y potenciación de todo lo que signifique placer. Es lógico que los padres quieran lo mejor para sus hijos, pero esto no implica que se les cubran todas las necesidades subjetivas que les aparezcan, todas sus apetencias, convirtiéndolos, de esta manera, en personas caprichosas, dependientes, débiles y egoístas. Hay que perderle el miedo a que si no llevan "suficiente" dinero harán el ridículo.
Tenemos que enseñarnos y enseñar que la apetencia no es razón de actuación y que el dinero no tiene como función procurarnos todos los gustos. Formar a los jóvenes en la generosidad, viendo en el dinero un medio para construir cosas positivas, que ayuden a los demás, es un asunto importante que marcará su trayectoria vital de manera positiva.
Cuántos padres "talonario" existen, con horarios de trabajo abrumadores, que se encuentran impedidos para vivir unas relaciones familiares intensas. En cierta manera se puede haber aceptado, como por necesidad, una distribución de roles que marca al padre de familia la obligación de aportar dinero, excusándolo de otros deberes que, siendo realistas, tienen una importancia mucho mayor. Pasan los años y se descubre que no se ha vivido ni disfrutado del crecer de los hijos. Suena muy mal, pero este tipo de padre ha dimitido de su función esencial, de aquello que más alegrías y compensaciones le puede dar en la vida. Y se mentaliza así a los hijos en una supravaloración de lo económico, que iguala el tener con el vivir.
De padres caprichosos, hijos caprichosos. Se tiene que examinar en qué se gasta el dinero de la casa y qué incidencia tiene lo superfluo en los gastos. Si los padres saben pasar sin lo innecesario y, ocasionalmente, sin lo que parece imprescindible, enseñarán a los hijos a ser recios, desprendidos y generosos. Es muy frecuente que algunos jóvenes me pidan consejo en el momento de elegir la carrera universitaria que quieren estudiar. Y más frecuente aún es el que se decanten por un estudio profesional concreto únicamente llevados por la idea de ser una profesión con grandes ganancias económicas, rápidas y a ser posible de manera fácil, doblegando el gusto y sus propias capacidades a una visión puramente economicista y materialista de la vida, y cerrándose el futuro a la fuente importantísima de goce que puede y debe dar la vocación profesional.
Capítulo 5º
Los padres
Ya hemos comentado en páginas anteriores la labor esencial que tienen los padres en relación a la formación equilibrada de sus hijos.
De todos es conocido que no es fácil ser padres. Se llega a la paternidad sin una preparación específica para ejercer esa función, y es el transcurrir de la vida y de los acontecimientos los que van enseñando a actuar con buen criterio, en cada momento y circunstancia. El ejercicio de cualquier profesión comporta una preparación, unos estudios, y conforme es mayor la responsabilidad que exige la profesión, mayor tiene que ser la profundidad y seriedad de los estudios que nos capaciten para el ejercicio profesional: la "profesión" de padres está en la cúspide de la exigencia y, por lo tanto, demanda una continua tensión en mejorar la propia formación, para, así, poder formar a los hijos.
Mucho tiene adelantado los padres que, generalmente, quieren
a sus hijos por encima de cualquier egoísmo. El amor es inteligente, busca siempre lo mejor para la persona querida, es sacrificado y se entrega sin límite , sin medir el esfuerzo, sin necesidad de compensaciones. Y este empeño que ponen los padres en hacerlo bien, en querer bien a los hijos, disminuye en parte las carencias de experiencia y conocimientos que pudieran tener. Pero sólo en parte. Es preciso ocuparse en adquirir nuevos conocimientos, herramientas más adecuadas, maneras de actuar y de decidir más convenientes que incidan, mejor y más decisivamente, en la educación y formación "total" de los hijos.
Por eso, es interesante estudiar algunas desviaciones que pueden aparecer en el arduo camino de la formación de los hijos.
Poco a poco, se van dando más casos de padres que dimiten del deber de formarlos, dejando este asunto en manos de instituciones que sólo tienen competencias delegadas y secundarias. Aunque se da el caso de madres que abdican de los deberes básicos y esenciales para con sus hijos, es más corriente que sea el padre, justificándose con sus muchas obligaciones profesionales y su deber de mantener económicamente a la familia,el que se desligue de su trabajo y responsabilidad en la formación de éstos.
El padre que dimite suele abandonar las labores educativas en las manos exclusivas de la madre. Ella es la autoridad dentro de la casa, ella la que se preocupa de los colegios, notas, comportamiento y criterios de los hijos. Ella carga, al final, con una responsabilidad que de suyo debe ser compartida y que, o la convierte en una madre autoritaria que suple la parte de autoridad correspondiente del padre, o la lleva a ser una madre "pañuelo", siempre dispuesta a consolar y a entender a los hijos, cuando no una madre "paraguas", sobreprotectora y traumatizante para sus hijos.
Hay padres que, con una mal entendida generosidad, están dispuestos a conseguir para sus hijos todo lo que desean éstos, todo lo que puedan apetecer: argumentaciones del tipo "que tengan lo que yo no he podido tener" o "que disfruten, ahora que pueden, que bastantes palos da la vida", son corrientes y corrientemente indican una falta de criterio claro sobre lo que es verdaderamente bueno y constructivo en la labor educativa de los chicos y un fondo de comodidad por no querer complicarse la vida en esa batalla. En otras ocasiones son los deseos de "incentivar" la buena conducta, o mejores notas, los que mueven a hacer promesas de regalos que de otra forma, si la conducta o las notas fueran buenas, no se harían. Un chico, buen estudiante, ante la promesa hecha por su padre al hermano mal estudiante, de comprarle una moto si sacaba el curso, me comentaba perplejo: "para que mi padre me compre una moto voy a tener que dejar de sacar buenas notas". A veces es el deseo de que nos quieran el que hace actuar de la manera anteriormente descrita. Me recuerda esta postura una vieja canción:
Ni se compra ni se vende
El cariño verdadero.
Ni se compra ni se vende.
No hay en el mundo dinero
Para comprar los quereres
Que el cariño verdadero,
Que el cariño verdadero
Ni se compra ni se vende.
En el mes de Abril de 1979, la agencia Europa Press daba a conocer un informe de la Dirección General de la Policía de Seattle, estado de Washington, EEUU, en la que ésta señalaba una serie de consejos para los padres que quisieran hacer de sus hijos unos delincuentes. No me resisto a transcribir diez de los puntos del informe:
1.- Dadle, desde la infancia, cuanto desee. Así crecerá convencido de que el mundo entero le debe todo.
2.- Reíd si dice tonterías. De esta manera creerá que es muy gracioso.
3.- No le deis ninguna formación espiritual. ¡Ya la escogerá cuando sea mayor!.
4.- Nunca le digáis "esto está mal". Podría adquirir complejos de culpabilidad, y más tarde cuando, por ejemplo, sea retenido por robar un coche, esté convencido de que la sociedad es quien le persigue.
5.- Recoged todo lo que él tire por los suelos. Así creerá que todos están a su servicio.
6.- Dejadle leer todo. Limpiad con detergente que desinfecta la vajilla en la que coma, pero dejad que su espíritu se recree en cualquier torpeza.
7.- Discutid siempre delante de él. De esta manera se irá acostumbrando y cuando la familia esté ya destrozada no se dará ni cuenta.
8.- Dadle todo el dinero que quiera, no sea que sospeche que para disponer de él se debe trabajar.
9.- Que todos sus deseos estén satisfechos: comer, beber, divertirse... ¡De otro modo resultaría un frustrado!.
10.- Dadle siempre la razón: "son los profesores, la gente, la ley... quienes la tienen tomada con el pobre muchacho".
El informe termina diciendo: "Y cuando su hijo sea ya un desastre, proclamad que nunca pudisteis hacer nada por él...".
Insisto en que se puede pensar que estas situaciones que estamos comentando son excepcionales, pero la realidad es que cada vez lo son menos y, por lo tanto, hay que estar prevenidos para que un ambiente cada día más corrosivo no infecte a nuestros jóvenes, ni a nosotros mismos.
Capítulo 6º
SOLUCIONES E IDEAS
Por lo tanto, ante la realidad anteriormente expuesta, hemos de plantearnos qué hacer. Puede dar la impresión de que los jóvenes no tienen una manera sana de divertirse, o bien, de que no hay una diversión constructiva y positiva. Pero no todo lo que divierte es malo, ni siquiera muchas de las formas de diversión estudiadas en los párrafos precedentes. Lo malo es la mentalidad con la que accedemos a esas diversiones, la superficialidad con la que actuamos en este campo y los fines egoístas que podemos poner en ellas.
Hay que adquirir una mentalidad positiva que abarque todos los aspectos de nuestra vida. Educarnos en el equilibrio de los valores y capacidades que poseemos. Buscar lo bello, lo bueno, lo perfecto en toda realización humana. Convertir la diversión en un acto humano y no simplemente en un acto del hombre, como si fuera una realidad puramente fisiológica de animal sano.
Lo esencial es, como siempre, saber moverse dentro del binomio libertad-responsabilidad. Enseñar esto a nuestros jóvenes no es tarea de poca importancia. Se ve necesario tener un orden en los valores, y dentro de este orden, la diversión tiene que ocupar un lugar, el propio, pero nunca debe sustituir a otros que están por encima. No podemos "finalizarnos" en el pasarlo bien, y tenemos que conseguir que tampoco se "finalicen" en el hedonismo las generaciones jóvenes.
Depende, por lo tanto, mucho más de la propia formación que del ambiente que nos rodea el que sepamos divertirnos sanamente y que las diversiones sean un factor positivo en la construcción de una personalidad equilibrada y rica.
¿Cómo mejorar y hacer positiva la diversión de los jóvenes?: Dándoles una educación recta y adecuada. Ejercitándolos en criterios objetivos y exigentes. Haciendo que encuentren sentido a su vida, de una manera generosa y abierta hacia los demás. Descentrándolos de sí mismos y haciéndoles ver que la felicidad es como la propia sombra: si se la persigue, nunca se alcanza, produciéndose un correr angustioso e inútil tras algo que se pierde nada más tocarlo con las puntas de los dedos. La felicidad es, más bien, el resultado de una vida correctamente vivida, fruto - en muchas ocasiones- del esfuerzo y sacrificio por mejorar y hacer mejores a los demás, por adquirir mayores capacidades, aumentar las propias virtudes y cumplir los propios deberes.
1. Familias divertidas: El buen humor es un componente esencial dentro del ambiente familiar. A los hijos hay que transmitirles -empaparles, diría yo- alegría, optimismo, sentido positivo, ante todo; aún ante la renuncia y la contrariedad. Los padres "encapotados" no son atractivos, no se hacen amables, y difícilmente serán tomados como ejemplo por sus hijos. Un ambiente divertido y lleno de confianza, dentro de la familia, hará que los hijos adquieran criterios de diversión equilibrados, que ejercitarán en cualquier ambiente en que se encuentren.
Los padres han de aprender a divertirse con sus hijos, a disfrutar con muchas de las cosas con las que disfrutan los jóvenes, a "cargarse" las diferencias generacionales, a tener tiempo y gastarlo en su compañía.
Padres con imaginación: resulta imprescindible que los padres -y los demás adultos que rodean a los jóvenes- tengan claro que compensa dedicar muchas horas a pensar cómo hacer que la vida de los chicos sea alegre, divertida. En una pintada del Mayo francés del 68 se leía: "La imaginación al poder". Meter a la imaginación en el funcionamiento del hogar es de gran efectividad a la hora de unir a los miembros de la familia.
Se puede objetar: "pero no siempre somos capaces de ser originales en nuestra manera de vivir, de poner esa imaginación de la que está hablando". Lo primero que tenemos que hacer es intentarlo y, muchas veces, nos asombraremos de la cantidad de ideas que se nos ocurren. Por algo se ha llamado a la imaginación "la loca de la casa". Sólo hay un obstáculo importante: la pereza, que lleva directamente al tedio, al aburrimiento y al pasotismo, y que se transmite a los hijos. De padres aburridos, hijos aburridos o hijos "desmadrados" que buscan divertirse sin control y, a poder ser, contrariando los criterios de los adultos que estén a su cuidado.
2. Enseñar a ser libres: El uso y la experiencia de la libertad está en la raíz de gran parte de las ideas que conforman y dan sentido a la vida. La libertad concebida como una forma de autoafirmación egocéntrica, se encuentra en la base del deterioro social y del anhelo hedonista que hay en muchas gentes y en muchos ambientes.
Aprender a vivir con libertad, haciendo de este valor un medio de darse a los demás, contando con la realidad de que nuestra libertad no es absoluta y, de que siempre, debe estar tamizada por los derechos y las necesidades de los que nos rodean.
De manera paulatina, hay que ir dando parcelas de libertad a los niños y jóvenes, aumentando el número, la frecuencia y la importancia de los asuntos en los que deben decidir, responsablemente, según van teniendo más edad y mayor capacidad. En esta tarea hay que huir tanto del excesivo miedo a entregar campos de decisión -y un excesivo proteccionismo es, en todos los casos, resultado del temor, y fruto de la desconfianza-, cuanto de un abandono de la autoridad que los padres deben ejercer. Se tiene que encontrar el término medio; y en muchas ocasiones se deberá contrastar el propio criterio educativo con el de otras personas de reconocida experiencia. Ni la dureza educativa, que hace desagradable y amarga la vida, ni la blandura fofa, que desarrolla jóvenes caprichosos, sin peso ni voluntad. Ni padres sobreprotectores, ni padres desentendidos.
3. Enseñar a ser responsables: La responsabilidad personal es el contrapeso que hay que poner a la libertad para que la persona se forme de una manera equilibrada. Todos hemos oído que no hay responsabilidad si no tenemos libertad. Pero al contrario esto es igualmente válido: sin responsabilidad no tenemos verdaderamente libertad. Sólo es libre aquél que es responsable de sus propios actos y decisiones.
La responsabilidad es una virtud muy unida a la sinceridad. En cuántas ocasiones, al preguntar a un chico cuál es su mejor virtud, me han contestado que la sinceridad. Y cuántas veces, por escapar a un castigo o, incluso, a algo que se les hacía incómodo o desagradable, no se dice la verdad o se miente descaradamente.
La persona sincera consigo misma y con los demás tiene un gran paso dado en la dirección de ser responsable de sus actos y es capaz de cargar con las consecuencias de éstos. Por todo lo anterior, hay que saber primar la sinceridad de los niños y jóvenes, yendo por delante siempre y cualquiera que sea la situación que se nos presente.
La responsabilidad no está reñida con la audacia, que es característica muy propia de los jóvenes; siempre que se den juntas, son buenas y hay que alentarlas: audacia no equivale a insensatez pero sí, en cambio, es contraria a un excesivo cálculo miedoso y falto de generosidad en los planteamientos y en los actos.
Formar muchachos y chicas libres, con responsabilidad personal, audaces y generosos, sinceros, con entereza moral, recios: de una pieza. Esta sí que es una labor ilusionante y divertida para el formador y, por qué no, para el formado.
4. El respeto a la autoridad: Dentro de la jerarquía de valores que hay que tener para estar bien formados, el respeto a las diversas autoridades, tiene un lugar importante. Sin una autoridad aceptable y aceptada, el deterioro social y de las relaciones entre los individuos sería inimaginable. Es esencial, por lo tanto, que desde el primer momento se enseñe este respeto a los niños y jóvenes, haciéndoles ver que el respetar la autoridad, obedeciendo los justos mandatos, no sólo no es odioso sino que nos facilita el alcanzar las metas propias de la vida humana: es enriquecedor.
Enseñar, razonadamente, a respetar la autoridad de los padres está en la base de la idea que, más tarde, se tendrá de cualquier otra autoridad. La obediencia está reñida con el servilismo acrítico y con la rebeldía tozuda, visceral e irracional; así como con el autoritarismo no razonado ni razonable.
Hay que intentar que la confianza que se debe inculcar a los hijos para con sus padres, sea absoluta. A los hijos hay que oírlos, sabiendo ponerse en su lugar, entendiendo sus preocupaciones, problemas y anhelos; razonando y profundizando en los temas que planteen; dando pie a la charla relajada y llena de confianza; reaccionando con equilibrio, moderación y sensatez ante las posturas o hechos que nos parezcan incorrectos o negativos. Nunca un grito o un enfado sustituye al razonamiento lógico, templado, cariñoso y exigente. Y no desesperarse al primer fracaso. Ante las desobediencias hay que tomar una postura dialogante, pero sin hacer dejación de la autoridad, manteniendo con claridad y fortaleza la postura correcta. En el hogar de una familia manda alguien, y ese alguien son los padres, que en ocasiones tendrán que tomar decisiones heroicas, que a la larga dan un resultado espléndido.
No nos engañemos nosotros también con los falsos argumentos de "es que lo hacen todos", "los jóvenes de hoy son así", "el ambiente generalizado que hay es éste", o "no se puede ir en contra de los tiempos". Por el contrario, es preciso tener nuestro propio ambiente, con ideas claras de lo que es conveniente y bueno, no dejándonos arrastrar y apabullar por las modas y modos del momento. Darles los elementos necesarios para que ellos sepan tener también "su" ambiente, sano y constructivo. Y, por supuesto, divertido.
5. Los castigos y los premios: Los padres y los maestros han tenido, tradicionalmente, un problema con los premios y castigos que se deben dar a los chicos.
Es difícil conseguir una adecuación del castigo al hecho que lo motiva, buscando siempre que sea educativo y, por consiguiente, dé un resultado positivo. El equilibrio del premio y, en su caso, del castigo, depende de una serie de factores:
a) Buscar siempre la racionalidad. Que se entienda por todas las partes la razón o razones que motivan una actuación concreta, sabiendo explicar con cariño, delicadeza y, cuando es necesario, con fortaleza, el porqué, el cómo y el cuándo del premio o del castigo.
b) No herir nunca la idea de justicia -y de injusticia- que tan marcada tiene el joven.
c) Huir del agravio comparativo con otros hijos, o con otros chicos del entorno. No se debe dar ni la sensación de que se hace acepción de personas.
d) El premio no debe ser el pago de un comportamiento adecuado, y menos ponerlo como meta a conseguir si el joven alcanza ciertos objetivos: buenas notas, por ejemplo. Se puede premiar un comportamiento y no hacerlo con otro, ya que el comportamiento de las personas no debe depender del premio, sino del deber que tenemos de vivir rectamente.
e) No premiar con diversión a secas. Hay que hacer ver que la diversión no es un fin en sí misma. El cariño, claramente demostrado, el valorar el esfuerzo que el chico o la chica ha hecho, puede ser mas adecuado y un mayor aliciente, en muchos casos, que regalos costosos y que pueden ser contraproducentes
6: La generosidad: Si en un polo nos encontramos con el deseo de placer, la necesidad de tener, el egocentrismo; en el otro polo está la generosidad, la preocupación por los demás, el desprendimiento. Cuidado con la propiedad exclusiva y, por ello, excluyente. Es muy fácil caer en un acendrado espíritu de propietario, en el que prima lo mío y se agosta la capacidad de dar.
Una vez más son los padres los que tienen que ir por delante, sabiendo compartir las cosas; dejando de usar elementos propios para que otros los disfruten. Se tiene que palpar dentro de la casa que no hay exclusividades, ni comodidades privadas: el sillón de papá, la televisión de mamá.
Los adultos tenemos que ser generosos para poder enseñar esta virtud a los más jóvenes. Y también en este campo hay unos factores que revisten mucha importancia:
a) Generosidad en el tiempo que dedicamos a los demás. Especialmente el que los padres dedican a los hijos. No tener prisa. El tiempo que se "pierde" con la familia es tiempo ganado. Saber sustituir por dedicación a los hijos muchos momentos de descanso, aunque estemos convencidos que este descanso nos lo merecemos. Se me viene a la memoria una frase de un conocido autor aragonés: "¿Que no puedes hacer más? ¿No será que no puedes hacer menos?". El sentido de autocompasión está reñido con el ocuparse de los demás sin tasa ni medida.
Hace ya un tiempo, un conocido mio, yendo hacia su trabajo se cruzó con un chaval de unos diez años que iba arrastrando la cartera del colegio por el suelo. Mi amigo, al pasar por su lado, revolviéndole el pelo le dijo: ¿Qué pasa, campeón?. Contestó el chico, alejándose: "Estoy destrosao". Y yo pienso que el que está, verdaderamente, "destrosao" es el padre de la criatura. ¡Todo se pega!.
7. Sobriedad.
Si vamos dejando que sea la apetencia la razón de nuestra actuación, difícilmente entrarán en nuestros cálculos asuntos arduos.
Un adolescente cuya máxima aspiración sea oír música, tomando el sol junto a la piscina mientras se bebe un refresco de cola, está incapacitado para cualquier tipo de acto, no digo heroico, sino medianamente dificultoso o que necesite de un esfuerzo perseverante. Este adolescente no llegará, estoy seguro, a premio Nobel.
La vida muelle hace un gran daño al carácter de las personas, y de una manera acusada, a los adolescentes, que están fijando los modos de vida, los criterios por los que se va a dirigir durante el resto de su existencia.
Una faceta importante en el aprendizaje de modos de vida correctos es la sobriedad. En el mundo occidental del consumo y de la prisa, la virtud de la sobriedad no está bien considerada. Se intenta sustituir la felicidad por el placer, y éste, por el tener, no careciendo de nada apetecible. Sobriedad y reciedumbre de carácter son dos virtudes que se encuentran intimamente ligadas, de forma que difícilmente habrá hombres y mujeres recios si no viven sobriamente, mandando en sus apetencias.
8. El valor de la amistad.
Hay que volver a profundizar en lo que es la amistad, en el significado de esta capacidad del hombre para con sus semejantes, que se enraíza en el amor.
Aristóteles nos habla del amor de amistad, ciertamente, con una gran profundidad. Nos hacemos a la otra persona. El "otro", en cierta manera se convierte en "uno mismo", de forma que la amistad nos agranda, nos prolonga y nos completa. El que tiene un amigo -y cada amigo es único -, sale de sí para incorporarse al otro. La amistad sólo se entiende desde una postura interior de generosidad y entrega. La amistad no es egoísta, no es aprovechada, supone renuncia y al mismo tiempo ganancia. Dichoso el hombre que tiene un amigo, dice el Libro de los libros.
Para tener amigos hay que esforzarse en mejorar y aumentar las capacidades de generosidad, lealtad para con los demás, sentir como propio el universo de intereses, vital, de los demás.
El hombre tiende a oírse, ensordeciéndose para lo que no es estrictamente propio. Aprender a oír, a escuchar a los demás, es esencial para llegar a tener amigos. No es fácil bajar el volumen de los intereses personales, de las ideas de "uno", para poner la atención en lo que le interesa al otro, en las ideas de los que nos rodean. No es suficiente una postura de amable cortesía, sino que se necesita poner un verdadero interés, un deseo personal de captación de la realidad del "otro", incorporándolo a nuestra intimidad, enriqueciéndonos con sus valores, alegrándonos con sus alegrías y sufriendo con sus penas.
Conseguir que los jóvenes sepan dar a la amistad el peso y la importancia que realmente tiene, buscando en ella el darse a los demás y el enriquecerse interiormente, resulta de una importancia capital si queremos formar personas equilibradas y valiosas.
No es infrecuente que, padres preocupados, me digan que no les gusta el tipo de amigos o amigas que tienen sus hijos. En otras ocasiones, los adultos intentan imponer las amistades a los jóvenes que dependen de alguna manera de ellos. No es raro, por fin, el que los padres desconozcan el tipo de compañía de que disfrutan sus hijos, confiando en que son -los hijos- unos chavales estupendos. Estos padres tienen que preguntarse seriamente qué medios han puesto para educar la capacidad de amistad de sus hijos. Es interesante examinarse de los siguientes dos puntos:
1º. ¿Qué ejemplo ven en casa de valoración de la amistad?. En concreto, los hijos han de ver en sus padres una lealtad absoluta para con sus amigos: nunca hablan mal de ellos ni consienten que los demás lo hagan en su presencia; mantienen siempre una postura de servicio y de alegría ante las exigencias de las amistades; viven la sinceridad y la fortaleza, sabiendo decir que no cuando las circunstancias o el buen criterio así lo requieren; no existe la crítica, nunca; se nota que a los amigos personales se les quiere muy de veras. Los hijos tiene que palpar que sus padres y mayores cultivan al amistad.
2º. ¿Cómo han educado la capacidad de amistad, de darse a los amigos, de los hijos?. Desde muy pequeños, incluso desde siempre, se ha de hacer valorar por los chicos la amistad. Hay que empujarlos a que tengan una gran número de amigos, a que se relacionen con un amplio numero de personas. No se les puede consentir que manipulen o instrumentalicen la amistad. Enseñarles que el ser buenos amigos de nuestros amigos es tarea en ocasiones costosa, pero siempre muy enriquecedora de nuestra interioridad. Los amigos no son un objeto de diversión: tienen que saber ser amigos en los momentos divertidos, positivos, y en aquellas circunstancias en las que dar la talla de la amistad resulta duro y costoso. ¡Hay que estar a las duras y a las maduras!. Por supuesto que es esencial el formar en la sinceridad, a los jóvenes, en el trato con sus amigos.
9. Enreciar el carácter.
Hemos hablado anteriormente de los chicos "yogurt", blandos, delicuescentes y frivolones, que , incapaces de mantener un esfuerzo continuado, se apoltronan, se hacen superficiales, huyendo de todo esfuerzo -están siempre cansados y aburridos-, y buscando refugio y sentido a su vida, en una diversión facilona, que les impida pensar. En el otro polo están las chicas y chicos de carácter recio, hombres y mujeres valientes, capaces de plantarle cara a la vida y a sus trabajos. Personas responsables, positivas y optimistas. ¡Que no se aburren!. Jóvenes que saben sacarle el jugo a la vida, encarándose con la realidad y esforzándose por alcanzar metas -pequeñas y grandes- que llenarán su existencia positivamente.
No es posible pretender que los chicos tengan un carácter recio, de una pieza, si desde pequeños se les ha procurado descargar de cualquier esfuerzo o trabajo, si se les ha cubierto cualquier deseo o capricho, si se les evita el contacto con lo arduo y difícil. ¡Qué bien viene, siempre, el educar a los hijos en un ambiente de sobriedad!.
Tomar determinaciones que dan un tono sobrio a la vida familiar, no sólo no entristece a los componentes de la familia, sino que les capacita para sacarle el jugo a las cosas normales de la vida corriente: resultan familias alegres y -ahora sí- divertidas.
Un lugar común, en muchas conversaciones con matrimonios jóvenes y en relación al numero de hijos que se quiere tener, es que la vida actual no está para tener familia numerosa, porque la responsabilidad de los padres tiene que llevarles a poder dar a los hijos todo lo que es necesario. Aquí el problema está en lo que se considera necesario, ya que en muchas ocasiones gran parte de lo necesario es estrictamente superfluo. Mis abuelos paternos -él, secretario judicial y ella dedicada a las labores de su casa- tuvieron doce hijos. A todos los educaron adecuadamente. Todos han sido personas honradas, que han formado familias estupendas. Mi padre tiene la sensación de no haber carecido de lo necesario, y sin lugar a dudas tuvo una superabundancia de cariño y de vida de familia. Está convencido de haber tenido una niñez y una juventud llenas de alegría, rodeado del cariño de muchos, francamente divertidas.
Mis abuelos maternos sólo tuvieron ocho hijos, que sobrevivieron con la paga de un funcionario de Correos. Tampoco mi madre, que estudió magisterio, tuvo la sensación de vivir mal. Por el contrario, siempre recordó su infancia y adolescencia como maravillosas. Y nunca les sobró de nada.
Las personas que, por circunstancias de la vida, se trasladan de domicilio, descubren la cantidad de cosas inútiles que se van acumulando en una casa. Objetos que nos parecieron indispensables cuando los compramos, se encuentran hundidos en el olvido del fondo de los cajones y de nuestra memoria: fueron el resultado de un capricho que nos pareció esencial. Pensemos en cuántas ocasiones objetos que se compraron con gran ilusión, pasado muy poco tiempo nos aburren y dejamos de usarlos. En algunos casos encontramos un coleccionismo de cosas inútiles, repetidas sin sentido, fruto del deseo momentáneo. Pienso que ese acumular objetos es una manera de llenar el corazón, de fijar nuestra capacidad de querer, equivocada. Si el corazón no se llena de cosas grandes -de magnanimidad, de quereres generosos, de los demás-, como no puede permanecer vacío, se volcará en un materialismo traumatizante y en un desordenado amor a uno mismo: soberbia y afán de tener.
Hay que saber disfrutar de lo que se tiene, sin perder la oportunidad de estar en lo concreto y real por apetecer o envidiar lo que tienen otros. Y esto no es un conformismo estúpido, sino el valorar adecuadamente lo que nos rodea, encontrando en nuestra realidad lo mucho positivo que posee: la felicidad.
A nadie le regalan el ser feliz. La felicidad es el resultado de la lucha, del esfuerzo que ponemos por vivir una vida adecuada, exigente, con metas altas, que merezcan la pena. Y si los padres son tan cortos de vista que se quedan en las adquisiciones materiales como medio de felicidad, eso enseñarán a sus vástagos, con el correspondiente deterioro del sentido de la vida de éstos.
Por lo tanto, gran parte de la culpa de la existencia de jóvenes "flácidos" -chicos yogurt, los he llamado anteriormente- las tienen sus padres, a base de un conglomerado de educación permisivista, blandenguería, mimosez y miedo a que algo los traumatice.
¡Qué importante es disfrutar de lo que se tiene, agradecer todo lo que está a nuestra disposición, sin pararnos a anhelar aquello que no poseemos, o lo que disfrutan otros!. Comentaba un trasplantado de riñón, que había pasado muchos años haciéndose diálisis que, por las mañanas, cuando iba al cuarto de baño, sólo sabía darle gracias a Dios por poder orinar como cualquier otro. Supone un buen ejercicio mental y moral examinarse de cómo agradecemos la felicidad que nos reportan las cosas normales, vulgares y cotidianas; cosas que damos por supuesto que las tenemos, y sólo notamos y valoramos cuando nos faltan. Cada uno puede hacer ese repaso interior, y se asombrará de la cantidad de cosas, de posibilidades, de capacidades y virtudes, que posee y que no disfruta y agradece, con asombro.
Estar en lo que tenemos, sacarle rendimiento a nuestras capacidades, intentar llegar a nuestro cien por cien, es una tarea maravillosa que llenará de júbilo nuestra vida y no nos dejará tiempo para envidias estúpidas y destructivas. Y, desde luego, alejará de nosotros el peligro de ser débiles, flácidos, comodones y blandengues: egoístas.
10. Algunas consideraciones finales.
a) La diversión es necesaria como parte del descanso, y por ello debe ser tratada dentro de la educación integral de niños y adolescentes, tanto en el seno familiar como en el entorno escolar.
b) El adolescente es el ejemplo vivo de la paradoja: egocentrico y generoso; suma de adulto y de niño; idealista y sensual; agresivo y pacifista; sincero y manipulador; autónomo y dependiente; con deseos de aprender y al mismo tiempo dogmático; distante y cariñoso; pasota e hiperactivo.
c) El ejemplo es el mejor método pedagógico. Es indispensable ser ejemplares, primero los padres y después los profesores.
d) La sinceridad sin grietas en la vida familiar facilita la formación de un carácter entero.
e) No se debe utilizar el premio o el castigo como única arma para conseguir conductas adecuadas.
f) Dar tiempo a los jóvenes. Poner de moda las tertulias familiares, disminuyendo, si es preciso -y casi siempre es preciso- el tiempo de televisión.
g) Abrir las puertas de la casa a los amigos de los hijos.
h) Enseñarles a que se responsabilicen de una parcela de trabajo en la vida familiar. Todos tenemos la obligación de sacar adelante la familia.
i) Comprensión ante los fallos y las cosas mal hechas, junto a exigencia y claridad en metas y aspiraciones.
j) Educar de manera distinta a cada persona distinta.
k) Mover la "movida". Luchar en contra del gregarismo - rasgo profundamente infantil- para que tengan relaciones personales, de auténtica amistad.
l) Siempre hay alternativas. Meter imaginación y alentar a que los propios jóvenes encuentren formas positivas de diversión.
m) Hacerles ver los intentos de manipulación de que son objeto, siempre en el contexto de conversaciones relajadas y llenas de confianza. Huir del adoctrinamiento.
n) No tener en el hogar todas las comodidades.
ñ) Padres sobrios: hijos sobrios.
o) Dinero, poco. Caprichos, menos.
p) Cultivar su formación espiritual. No son animales sanos, son personas con alma y cuerpo.
q) Dar parcelas de libertad, sin chuparse el dedo: en expresión actual, "controlando".
r) Se puede - es más, se debe- ir en contra de los tiempos. Aprovechar el incorformismo juvenil para que no se traguen lo primero que les pongan por delante.
s) Que valoren la amistad, siendo nosotros muy amigos de nuestros amigos.
t) Enseñarles a oír. Que escuchen a los demás y que se sepan escuchados.
u) Que sean deportistas, soslayando el peligro del culto al cuerpo.
v) Que aprendan a perder y a ganar con elegancia.
x) Hablar con los hijos.
y) Que los hijos hablen con los padres.
z) Hablar, hablar. Comunicarse. Relacionarse. Ocuparse unos de otros. Nada de los demás nos es indiferente.
Málaga, 18 de agosto de 1993